Por: Ivonne Andrea Sánchez Hernández

Coordinadora Sostenibilidad AB Origen Fundación

Paisaje rural

Tras Una invitación de Corporación Bioparque, logramos llegar a uno de los rincones más representativos de la Paz de Colombia, el municipio de Uribe (Meta), tras ese velo que por años de conflicto escondió este rincón, y que al levantarse me permitió conocer no solo la historia de años de violencia, sino el presente y el futuro cobijado por un proceso de paz que ha logrado llevar de nuevo noches de tranquilidad y días de trabajo honesto, a este, y seguro muchos otros territorios que viven aún bajo un estigma de la inseguridad y la guerra.

Tras años de conflicto, y en la ignorancia de aquellos que no hemos sido victimas directas ni hemos tenido que salir de nuestros hogares por el miedo, hubiera pensado que la tristeza o el miedo serían los sentimientos dominantes, muy contrario a ello, me vi sorprendida por grandes sonrisas, que no borraban el pasado, si no que dibujan el sueño de un futuro, en el cual, y evidenciado por los proyectos y emprendimientos observados, desean devolver a la comunidad un ingreso justo y un gran sentimiento de protección de esta tierra, de sus tesoros naturales y de la cultura y valores que emergen en las conversaciones llenas de esperanza.

Casa de familia muy cálida y de gran corazón

Jóvenes y adultos, arraigados a su tierra, protectores del territorio, soñadores de un futuro próspero, nos mostraban ideas y proyectos, que más allá del resentimiento o de un clamor de justicia violenta, como algunos nos hacen creer que reclaman estos pueblos, destacaban por el diálogo, el emprendimiento, el trabajo y las ganas de hacerlo diferente.

Ríos de ensueño

Por ello, volví a llorar como lloré el 2 de octubre de 2016 cuando el 50,2% de la población dijo no a la PAZ. Debemos a estos pueblos, que históricamente han sido olvidados, el mismo derecho que hemos gozado aquellos que hemos habitado lejos de esa violencia. Basta con leer Siervo Sin Tierra, para reconocer que la cuna de la violencia que una vez dominó estos rincones nació de un olvido sistemático, de una institucionalidad inexistente y de sistemas productivos agresivos. Hoy, tras un cierre paulatino a un ciclo de años de vidas sacrificadas, y frente a la esperanza vivida y sentida, completamente evidenciada de la PAZ, les debemos nuestro apoyo activo para reconstruir una nueva historia, una que seguro cometerá nuevos errores, pero que evitará cometer aquellos de donde emergió ese pasado que ya pronto, si exigimos la paz como nuestra bandera, será dejado atrás.

Y es que la nueva historia para ellos, y para nosotros, la escribimos construyendo nuevas formas de ver nuestros recursos, de vernos como ciudadanos, y de construir nuestras instituciones. Una visión de respeto y valoración del territorio es una exigencia de ese nuevo futuro, seguir acercándonos a nuestra tierra y sus valores con una visión meramente de extractivismo, de economía primaria y sin valor agregado, seguirá acumulando una economía incapaz de satisfacer necesidades de corto y mediano plazo. Hay que visitar estos rincones, para observar como el campo está evolucionando: café orgánico, panela orgánica, productos procesados e innovación que nace de los mismos jóvenes que terminan su bachillerato con especialidad agropecuaria, demuestran que hay ingenio y ganas de crear nuevas economías. Sí, la deforestación sigue siendo un reto, uno que debemos superar más allá del control policial, que debe superarse con una valoración integral del territorio, acá el turismo juega un rol vital, y estos territorios deben superar el estigma que los ha marcado, y nosotros los viajeros debemos superar nuestras ganas de regateo y de turismo barato. El turismo debe valorar la conservación del paisaje, de los tesoros naturales que se han conservado, por el mismo conflicto, y que hoy, se abren a nuestros ojos: sobrevuelos en el Chiribiquete, navegación en medio de los Cerros de Mavecure, planes a Caño Cristales, son algunos de los muchos ejemplos, de lo que se esconde detrás de la cortina de años de olvido; pero también rincones que exigen un visitante diferente: respetuoso, que agregue valor a sus anfitriones, protector; no podemos visitar sin aportar a la economía local.

Entre el cielo y la tierra

La paz no es un proceso que se construye de palabras, si no de hechos, hechos económicos, institucionales y sociales. Requerimos aportar a estas economías, y la institucionalidad requiere ingresar (yo diría que por primera vez) a estos rincones, con una visión de protección integral de estos territorios, lejos del petróleo, de la minería o de la agricultura primaria, requerimos una visión de país más desarrollada: la energía limpia, la transformación de productos secundarios y terciarios, la tecnología para la educación y el emprendimiento, y muchas otras alternativas, que lejos de dar un árbol para determinado fruto como proyecto bandera de restitución, ofrezca los mecanismos de innovación que requieren estos productos. Necesitamos agregar calidad y valor, para generar una economía de mayor impacto, y que reduzca la necesidad de ampliar fronteras agrícolas, pero además necesitamos valorar la conservación como un bien ambiental y capitalizador del desarrollo, emplear los mecanismos para que el agua, la diversidad, el aire limpio, se pongan en valor, y dejen de competir con otros sistemas productivos, lo que realmente lleva a la deforestación.

Hay mucho camino por recorrer, pero hay que empezarlo a caminar, con propuestas prácticas, efectivas, financiables y que se le entregue a estas comunidades, que por fin sueñan con otras opciones de vida, la oportunidad de participar en un nuevo modelo de desarrollo que nos permita después de décadas de violencia, superar nuestra historia, y crear un país que sea reconocido por lo más valioso que tenemos: nuestra diversidad, nuestro campo y nuestra gente trabajadora y honesta.