Por Ivonne Andrea Sánchez Hernández

 

El sistema natural es complejo, no es un sinónimo de imposible, solo que para abordar los problemas sociales y ecológicos del presente no podemos continuar excluyendo variables que aunque parecen pequeñas, en la dinámica ecológica y socio-cultural se acumulan, escalan y con el tiempo y la interacción de otras variables afectan intespestivamente la funcionalidad de los sistemas.

Actualmente, uno de los mayores riesgos en la sostenibilidad de sistemas ecológicos, no es el cambio climático, aunque es un factor, es la desaparición de la abeja, la extinción de un pequeño animal puede generar un alto riesgo en la sostenibilidad de otras especies que son base de la sostenibilidad de especies mayores como mamíferos, entre los que contamos los seres humanos.

Las abejas han sido declaradas como especies en riesgo, en 1988 había un total de 5 millones de colmenas en Estados Unidos, pero en 2015 pasaron a quedar sólo la mitad, aproximadamente unos 2,5 millones. La polinización de las plantas está en riesgo con la desaparición de las abejas, así, la oferta alimenticia y la diversidad de nuestro planeta. La desaparición de la abeja es el resultado de un sistema agropecuario y una expansión de fronteras urbanas y agrícolas que han desconocido la dinámica y relevancia de cada ser que comprende nuestros ecosistemas.

Lo que expondré, es una perspectiva personal, a través de la cual deseo abrir una reflexión sobre nuestra forma de pensamiento, y con ello desde donde tomamos decisiones y aceptamos decisiones, es un punto de partida para empezar a incluir esa complejidad de las soluciones requeridas en el presente.

El primer punto que deseo introducir, es que hemos decidido ver a la naturaleza como algo separado al ser humano. Usualmente hablamos de hombre (ser humano) y naturaleza, diseñamos sistemas separados, el antrópico y el natural, hemos creado un imaginario en el que nosotros los humanos no hacemos parte de la naturaleza. He aquí, el que considero yo el primer error; contrario a lo que pensamos somos parte de la naturaleza, y como seres que co-existmos, podemos transformar nuestro entorno, pero nos hemos separado, y decidido tomar como paradigma que nuestra transformación siempre será artificial, invasiva y usualmente negativa. Pareciera que entender la conservación de lo natural, excluye la oportunidad del ser humano de hacer parte de la naturaleza.

Veamos como dibujamos los sistemas humanos y naturales, tenemos fronteras entre donde habitamos los seres humanos y donde habita lo natural, así, los planes de ordenamiento territorial en nuestro país establecen límites a las ciudades, a los sistemas agropecuarios y a las áreas naturales, y nos damos permiso de que las ciudades y los sistemas productivos sean “anaturales”, lejos de lo natural, y frecuentemente atacando lo natural.

Mi segundo punto es que los problemas actuales requieren transformar las fronteras, tanto los sociales, en los cuales grandes poblaciones humanos están migrando por huir de situaciones de conflictos de origen natural o humano; como en los ambientales, las ciudades y los sistemas agropecuarios han superado las fronteras que inicialmente eran “suficientes”, y la fragmentación de las áreas naturales no puede seguir siendo posible si de verdad se desean generar procesos de conservación ecológicos y sostenibles en el tiempo, en conclusión hoy requerimos conectar, pero no solo el espacio, sino también como nos pensamos. El ser humano debe volverse a imaginar como un ser que pertenece a la naturaleza, y lejos de creernos incapaces de contribuir a su conservación, debemos recuperarnos como un elemento más de este ecosistema capaz de conectar, sostener, y contribuir a su conservación, disculpen, a nuestra conservación. El primer paso para iniciar un proceso de protección de este planeta, es dejar de hablar de la naturaleza como un tercero, no podemos seguir diseñando sistemas naturales y antrópicos, debemos empezar a fusionarnos para hacernos posibles en este planeta.

Las fronteras de los asentamientos humanos, lejos de ser urbes de cemento, deben incorporar los elementos naturales que recreen ciudades como corredores que conecten las diferentes áreas forestales, las ciudades no pueden ser más áreas que cortan nuestra conexión con nuestra esencia natural, ellas deben ser la mayor expresión de unión del hombre como ser natural. Techos verdes, paredes verdes, jardines, parques, transporte bajo en emisiones, reciclaje de agua, cero residuos, convivencia pacífica, son elementos que deben introducirse en la expansión y reconfiguración de nuestros asentamientos, allí el ser humano habita y allí el ser humano debe entenderse como un elemento más de un ecosistema. Igualmente, las fronteras agrícolas más que parches geométricos que segmentan el paisaje natural, deben diseñarse para ser parte del ecosistema, la producción alimentaria y de insumos debe integrar la dinámica ecológica. Las fronteras del ser humano deben mimetizarse e integrarse como algo natural.

Un planeta sostenible requiere que todas sus partes se conecten y trabajen colaborativamente, el ser humano es una parte natural de este sistema, más que alejarnos, nuestra misión  es volver a nuestra esencia, allá donde disfrutamos estar rodeados de árboles, diversidad, nuestro real llamado es  a reconvertirnos en un ser natural.