Por: Ivonne Andrea Sánchez Hernández

AB ORIGEN FUNDACIÓN

27 de Julio de 2017

Cuando Nairo Quintana declaró después del Tour de Francia “»De mi campo aprendí que no se deja de cosechar porque una siembra no salió”, mi corazón saltó, no solo por mi amor ferviente a este deporte y a este representante del mismo, sino porque en su frase resaltó un espíritu y una fuerza nacional: la del campesino/pescador, la del campo, la del mar, la de los ríos, la de nuestra ruralidad.

Según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) Colombia tiene el potencial para ser una de las siete despensas alimentaria del mundo. Pero esa posibilidad no es aprovechada. De las 20 millones de hectáreas que tiene el país para sembrar, solo usa siete millones e importa cerca del 30% de lo que consume. Además, según el Departamento Nacional de Planeación (DNP), en Colombia se desperdician 9,76 millones de toneladas de comida al año, en parte por el manejo ineficiente de las cosechas, del empaque, del transporte, del desperdicio de supermercados y consumidores” (http://www.wwf.org.co/que_hacemos/alimentos/)

De acuerdo a los datos del Tercer Censo Nacional Agropecuario del DANE, se identifica que del área rural del país el 56,9% corresponde a bosques naturales, (62,8 millones de hectáreas) y el 38,3% tiene uso agropecuario. En las tierras que van más allá de la frontera urbana, llenas de montañas, costas y planicies donde confluyen la conservación y una sociedad que ha dado forma a nuestra historia, nuestro país tiene el potencial de convertirse en una de las principales despensas que abastece nuestras cocinas y las de este mundo.

El reto del país, es lograr consolidar una reforma agropecuaria que es aclamada históricamente, basta con leer Siervo Sin Tierra para comprender el olvido y el descuido con el que se ha tratado a nuestra ruralidad. En un mundo cada vez más conectado, globalizado y frente a la posibilidad de una paz que tumbe aquellos muros invisibles levantados por la violencia, el campo colombiano está abierto a una serie de oportunidades económicas como nunca antes. Pero, esas oportunidades no son precisamente actividades económicas enfocadas a la producción agropecuaria;  el turismo, la minería, los desarrollos urbanísticos que se anclan cada vez más para aprovechar la tranquilidad y el paisaje lejano de las grandes urbes, están compitiendo con una actividad que por costo-beneficio pierde contra estos otros sectores o industrias que ofrecen una mayor oportunidad económica frente a la difícil tarea de producir alimentos.

Como se ha desarrollado nuestra área rural en la historia ha generado una dinámica que ha delineado un sistema con altos costos de producción, dado por el uso de insumos y que por las características geográficas de nuestro territorio requiere un alto recurso humano, el mejor café del mundo-el colombiano- se caracteriza por su recolección manual. Además,  el sistema agropecuario enfrenta un mercado con tarifas poco estabilizadas y altamente fluctuantes, después de meses de producción, inversiones, deudas, horas matutinas y a sol y lluvia de trabajo, el productor llega a un mercado que meramente logra compensar el costo de la cuota que debe entregar al banco para pagar la deuda adquirida para comprar las semillas, materiales o el pesticida que le indicaron debía aplicar. Nuestra ruralidad enfrenta  los canales avaros de comercialización, tan altamente intervenidos por intermediarios que ofrecen bajos precios al productor. El sistema productivo rural desafia un sistema de precios tan volátil, que es difícil para cualquier productor programar y planear, sin saber finalmente cuanto va a ganar, y a diferencia del petróleo o minerales, que se pueden almacenar, los alimentos tienen fechas de vencimiento.

“Hoy, con el valor de una arroba (12,5 kg) de café ($ 80.000) se compran 1,2 sacos de fertilizantes. Hace 15 años, con el valor de una arroba se compraban 6 sacos de fertilizantes. Hoy, una familia cafetera para devengar un salario mínimo ($ 737.000) necesita vender unas 10 arrobas de café”. (El Tiempo, Cafeteros buscarán ponerle piso al precio del café, 12 de Julio de 2017)

Por otro lado, un gobierno que se ha caracterizado por una baja planeación en el uso del suelo, los recursos marinos y en el diseño de sistemas productivos, que a veces parece que como en expo moda, son fijados solo por el producto que en el momento está mejor vendido,  no por un plan de largo plazo que respete integralmente el potencial del suelo y un mercado más diversificado. Además, nuestro Estado no ha logrado consolidar un sistema vial óptimo para la producción alimentaria, basta con salir unas cuantas horas de la ciudad montaña arriba para enfrentarse con baches, derrumbes, bloqueos, y una lentitud necesaria para la seguridad, lo cual en un paseo no es un gran obstáculo, pero para una población que requiere sacar productos de forma efectiva, rápida y segura,  eleva costos y baja calidad.

La ruralidad colombiana requiere que el Gobierno y nuestra sociedad gire la vista hacía la misma, y consolide acciones de largo plazo que compensen el olvido histórico y el poco reconocimiento hacía su población.  Para un desarrollo rural integral se requiere la dignificación del campesino/pescador, el reconocimiento de su tarea como una profesión nacional, el fortalecimiento de sus redes para minimizar intermediarios en la comercialización, una planeación ajustada no solo a una vocación del territorio, sino a la necesidad de producir alimentos más sanos y crear un sistema productivo que integre la protección del ambiente y del productor.

Debemos pensar en trascender nuestro paradigma descendente de una mal llamada “revolución verde”, y empezar a negociar con nuestra tierra un sistema que logre escalar la producción más armónica con la protección de la biodiversidad no solo de flora y fauna, sino además cultural. Requerimos reconstruir imaginarios, no solo aquellos que nacen en la ciudad, en los cuales el campesino/pescador era considerado ignorante, sino en el mismo campesino/pescador, quien debe creer que su profesión es digna de un país desarrollado, y logre convencerse y heredar su labor y su conocimiento a las siguientes generaciones, quienes lejos de soñar con la ciudad, se convenzan también que allá, en la montaña, costa o planicie rural, tienen una oportunidad. Necesitamos que nuestros jóvenes sueñen con ser campesino/pescador.

Frente a una población creciente, a un cambio climático que está redibujando el territorio mundial, y frente a nuevas oportunidades económicas que se alejan de la producción alimentaria, Colombia tiene la oportunidad de aprovechar su geografía, clima, suelos, pluviosidad para que bajo un sistema diseñado holísticamente, que integre la protección ambiental, el desarrollo de infraestructura, la agroindustria, y sistemas más armónicos con la ecología de nuestro territorio, logre ser una despensa nacional e internacional, porque finalmente, alimentarnos es una necesidad básica diaria.

Aquella publicidad de Nairo Quintana, quien promueve el consumo de los productos de nuestro campo, es una tarea que debe hacerse extensiva a esos otros sectores, por ello, el turismo en Colombia, el cual tiene su gran potencial inmerso precisamente en la ruralidad nacional, debe ser un sector planeado no solo para sí mismo, sino para este otro mundo, el agropecuario.

Ahora más que nunca, el turismo es un motor dinamizador de economías, que puede ser por su costo oportunidad, un sector que desplace la producción agropecuaria, pero que bien integrado puede capitalizar para avanzar más rápidamente en los ajustes necesarios para consolidar un modelo agropecuario más integral; el turismo colombiano debe trabajar de la mano con nuestra ruralidad para:

  • Generar cadenas de valor a través de las cuales se potencialice producciones locales, un turismo que se alimente de nuestro campo
  • Promover y visualizar una realidad ignorada, un esfuerzo subestimado, un costo escondido, el turismo debe permitir que el turista conozca el trabajo que hay detrás de lo que llena su nevera.
  • Fortalezca el trabajo cooperativo y la asociatividad, el turismo debe promover redes para promover un trabajo conjunto.
  • Generar capital financiero y humano que pueda ser reinvertido en el desarrollo no turístico de los territorios, requerido para mejorar la infraestructura y capacidades locales de estos entornos para desarrollar las empresas agropecuarias.

El turismo colombiano, lejos de buscar un número mayor de visitantes para medir su éxito, debe empezar a evaluar su impacto en la forma en que trabaja articuladamente con otros sectores para apoyar su fortalecimiento, para promover su desarrollo, y Colombia campesina, pescadora, digna y productiva, es un socio con el que el turismo debe asociarse para consolidar un territorio que sueñe con la paz y el estómago lleno.