POR: Ivonne Andrea Sánchez Hernández

 

Creo que este es una de esas reflexiones que escribo de forma visceral, no es un sentimiento que debe hacerse presente cuando se desea compartir una perspectiva, pero solo el corazón roto frente a un país que enfrenta decisiones tan irónicas y contraproducentes llaman estas palabras.

Mi sentimiento de frustración nace de los últimos indicios de un gobierno que eleva el precio de la gasolina y señala el IVA a la canasta familiar en el marco de otras decisiones cuestionables de una propuesta de reforma tributaria,  decisiones que parecieran fueran tomadas con la intención de matar a este pueblo de hambre. Recuerdo en estos momentos una enseñanza de la Madre Teresa de Calculta que una vez dijo:

A aquellos quienes piensan que yo les doy el pescado a los pobres y no les enseño a pescar, le diría, que cuando recogemos a nuestros necesitados, carecientes y enfermos, no pueden siquiera mantenerse de pie”.

Y es que con hambre un pueblo no tiene fuerzas de trabajar, de pensar, de educarse, de desarrollarse, de reconciliarse, así que pareciera que el cometido de nuestro actual gobierno es sumirnos en la incapacidad de salir adelante matándonos de hambre. Una economía naranja requiere un alto componente creativo, la creatividad necesita comer.

Por otro lado, la simplificación tampoco ayuda, con gran respeto veo que se salga en defensa de las plazas de mercado como alternativa al IVA, pero ello también desvía la mirada sobre la complejidad del problema de nuestro sistema alimentario. Nuestra cadena de abastecimiento es un sistema que tiene una baja retribución al productor, un alto costo para el consumidor final, una gran apropiación del valor por intermediarios y un bajo valor agregado. Demonizar a cadenas de mercado y santificar plazas de mercado ignora en gran parte estos aspectos.

Hablemos de la baja retribución al productor, realmente los pequeños productores tiene poco acceso a la venta directa. “De acuerdo con los resultados de la encuesta practicada por la CCI, en el año 2006, sólo el 17% de los cultivadores de hortalizas se ocupaban de la comercialización de sus propios productos” (http://www.sic.gov.co/recursos_user/documentos/publicaciones/pdf/Hortalizas2012.pdf)

Aunque las plazas de mercado son opciones de empleo para un grupo vulnerable, también encadenan eslabones de intermediarios feroces, así como pareciera que las grandes superficies generan negocios de bajo valor para los productores, centros de abastos y plazas de mercado pueden poseer sistemas con una baja retribución a los productores. El real reto frente al desarrollo justo de estos mercados es eliminar los eslabones entre el productor y consumidor que no agregan valor, el camino a puntos de distribución y venta está lleno de una cadena de intermediarios:

Hace 20 años, la Misión de Estudios del Sector Agropecuario encontró que algunos alimentos pasaban hasta por ocho manos antes de llegar a los hogares. Ahora, la cadena más larga se encuentra en seis intermediarios, que corresponde a frutas de producción casera …” (https://www.portafolio.co/economia/finanzas/comercializacion-agricola-llena-intermediarios-486692).

En general, el objetivo de una plaza de mercado o una gran superficie debería estar dirigido a asegurar un canal justo entre el productor y el consumidor. Así, la pregunta antes de comprar debería ser ¿cuánto le pagó al productor por lo que me está vendiendo?. No mal entiendan, estoy de acuerdo con la compra en plazas de mercado, pero debe entenderse los canales justos de comercialización que se generan en ellas y en otras opciones, no importa el tamaño de la superficie: mercados campesinos, plazas de mercado con presencia de asociaciones de productores y/o organizados alrededor de poblaciones vulnerables, grandes superficies que demuestren canales apropiados de comercialización con productores locales, deben ser los escenarios a consolidar, informar, promover, y apoyar en un sistema de consumo final adecuado para el productor y el consumidor. Todas ellas deben defenderse frente a un IVA que puede generar barreras a procesos internos de desarrollo de la seguridad alimentaria y la justicia en el comercio rural de nuestro país.

Pero ello nos lleva al siguiente reto, el transporte, si conocemos nuestro sistema vial rural, podemos imaginarnos bajar productos perecederos de pequeños productores desde las fincas hasta puntos de distribución centralizados, por un lado, un reto para asegurar la calidad del producto y por el otro, un alto costo, y sí, la gasolina define un gran margen de dicho costo. Lastimosamente cada vez que se sube el precio a la gasolina uno de los sectores más golpeados es el agropecuario, un costo variable, difícil de proyectar porque se sube el precio cada vez que se le da la gana al gobierno. Aunque pareciera que dados los precios del dólar y el petróleo la proyección de un productor más o menos informado tantearía que este costo se reduciría y por ello, puede invertir en mejoras tecnológicas de su producción, sorprende que el costo se aumenta en contra de dicha lógica y así el costo final de su producto, el cual claro es castigado por el intermediario que tasará por debajo de valores apropiados para el productor ya que asumirá en algunos casos este costo.

Ahora, sigamos con lo complejo de este sistema, las alternativas de comercialización más efectivas. Las asociaciones o cooperativas de productores bien establecidas permiten bajar costos, mejorar técnicamente los sistemas productivos y acceder a mecanismos de comercialización más justos, pero claro un IVA a la canasta familiar afectaría este mecanismo, el cual verá aumentada el valor de su transacción comercial frente a canales más informales, es decir, aquel esfuerzo formal que mejora las opciones del campo a desarrollarse será castigada y puesta en un proceso menos competitivo. Esto lo asumo, porque aún no está muy claro como será el canal de retención del impuesto, si estoy en lo incorrecto soy flexible a corrección y realimentación en el asunto.

Si, el país tiene un hueco fiscal, uno generado por una alta corrupción centenaria, pero además porque no hemos sido capaces de generar un sistema productivo de alto valor agregado. Ahora bien, el IVA a la canasta familiar también recaerá en un mayor costo de las cadenas de transformación de alimentos que han comenzado a emerger y a crear una industria de valor agregado, esa que puede establecer un canal comercial más justo con los productores, generar empleos y además mejorar sistemas productivos con base en procesos sociales, ambientales y culturales.

A un sistema tan complejo y con tantos conflictos, una propuesta de IVA a la canasta familiar lejos de una solución es un castigo con potencial de crear una gastritis crónica a esta sociedad. Así, y frente a la pretensión de una nueva reforma tributaria, mis vísceras se mueven abruptamente recordando ese último momento de lectura del Coronel No Tiene Quien le Escriba, que decía:

…La mujer se desesperó.
-Y mientras tanto qué comemos -preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía-. Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-Mierda.